¿Alguna vez te has preguntado por qué tu perro parece explotar de alegría cada vez que abres la puerta de casa? No es solo “buen humor”; la ciencia tiene una explicación fascinante que involucra neuroquímica y evolución.
El doctor Felipe Patricio Martínez, investigador de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la BUAP (campus Tecamachalco), lidera un estudio que analiza qué sucede dentro del cerebro canino cuando interactúan con sus humanos. En colaboración con el Laboratorio de Neurofarmacología de la Facultad de Ciencias Químicas, han descifrado el código del amor perruno.

La química del “Amor Incondicional”
A diferencia de los humanos, que solemos filtrar nuestras relaciones a través de juicios sociales complejos, los perros experimentan un estado de apego continuo. Según el Dr. Martínez, cuando un perro ve a su dueño, su cerebro libera un “cóctel” de hormonas similar al que sentimos los humanos durante el enamoramiento:
- Oxitocina: Conocida como la hormona del amor y el vínculo.
- Dopamina: Responsable del sistema de recompensa y el placer.
- Vasopresina: Relacionada con la fidelidad y la protección.
Esta descarga química genera un estado de bienestar que explica esa reacción eufórica y desmedida que nos regalan al regresar del trabajo o incluso de la tienda.

Un cerebro diseñado para querernos
La investigación destaca que el cerebro del can ha evolucionado no solo físicamente, sino también en su funcionamiento emocional. El estudio señala la activación de regiones específicas:
- Estriado ventral: El centro del placer que se “enciende” ante la presencia del dueño.
- Hipocampo: Encargado de procesar las emociones y los recuerdos asociados a su familia humana.
“A diferencia del ser humano, los perros no evalúan a sus dueños bajo constructos sociales complejos, lo que favorece un vínculo de afecto más estable, continuo e incondicional”, explica el investigador.
Ciencia aplicada al bienestar animal
Más allá de entender la ternura de nuestras mascotas, esta colaboración con el Laboratorio de Neurofarmacología busca aplicaciones clínicas. Comprender las bases neuroquímicas y anatómicas permite diseñar mejores estrategias de bienestar animal y entender comportamientos específicos que mejoren la calidad de vida de los animales y su relación con el entorno humano.
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