Katia Aguirre.
La forma en que las infancias descubren el mundo ha dado un giro de 180 grados. Si echamos un vistazo atrás, la diferencia entre las tardes de los años 80 o 90 y las de hoy es abismal. Lo que antes era un patio de recreo lleno de tierra y rodillas raspadas, hoy se ha transformado, en gran medida, en un entorno virtual iluminado por luces LED.
La era de las calles y el movimiento
Para quienes crecieron entre los 80 y principios de los 2000, el juego tradicional era sinónimo de libertad. Testimonios como el de Ayté, de 45 años, nos recuerdan una época donde la vida ocurría “todo el tiempo afuera”. Desde saltar la cuerda y la liga en la escuela, hasta jugar a las muñecas en casa, la convivencia directa era la regla, no la excepción.
Héctor, de 38 años, coincide en que su infancia estuvo marcada por la actividad física. Juegos como el fútbol, el stop y el burro castigado no solo eran divertidos, sino que desarrollaban la coordinación y el sentido de comunidad entre vecinos.
El salto al mundo digital
Hoy, el panorama es radicalmente distinto. Según datos del INEGI, el 79.7% de los niños y niñas de entre 6 y 11 años son usuarios de internet, pasando un promedio de 2.6 horas diarias conectados.
En este nuevo ecosistema, los videojuegos como Minecraft o Fortnite han tomado el relevo. Ya no se trata solo de “jugar”, sino de socializar en plataformas digitales que permiten interactuar a distancia. Sin embargo, este cambio trae consigo nuevos retos:
- Impacto en el desarrollo: Organismos como UNICEF señalan que el uso excesivo de pantallas puede limitar la interacción cara a cara, pieza clave para el crecimiento emocional.
- Habilidades sociales: El juego físico fomenta la resolución de conflictos y la creación de vínculos afectivos profundos.
- Salud física: El sedentarismo frente a la pantalla es una preocupación creciente frente a la movilidad de antaño.
En busca del equilibrio perfecto
El desafío para los padres y educadores actuales no es satanizar la tecnología, sino encontrar un punto medio. El juego ha evolucionado de la banqueta a la pantalla, pero el objetivo sigue siendo el mismo: aprender a convivir, crear lazos y desarrollar la creatividad. Al final del día, ya sea con un balón o con un control remoto, lo importante es que los niños sigan teniendo espacio para ser niños.
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